38.
RAQUEL
Abro la puerta todavía en pijama, con el cabello recogido sin cuidado y el cansancio adherido al cuerpo. No necesito mirar para saber que es ella. Mi madre siempre toca dos veces, con la misma cadencia de siempre, como si el mundo aún fuera un lugar predecible.
—Mamá…
Apenas me ve, frunce el ceño. Su mirada baja de mi rostro a mi vientre y vuelve a subir, atenta, inquieta. Entra sin esperar invitación, deja el bolso sobre la mesa y recorre el departamento con esos ojos que no dejan pasar nada.
—No dormiste bien —dice. No es una pregunta.
Niega despacio con la cabeza y suspira.
—Ven. Siéntate.
Obedezco. Me siento en el sofá y ella frente a mí, con las manos entrelazadas, preparada para escuchar una verdad que sabe que existe aunque yo todavía no la haya pronunciado. Trago saliva. El sobre de la ecografía sigue sobre la mesa desde anoche. Lo tomo con dedos temblorosos.
—Fui al médico ayer —empiezo—. Tenía que hacerlo.
Su expresión se suaviza, aunque no sonríe. Asiente, dándome e