94.
MICHAEL
Me levanto cuando noto que la respiración de Sara cambia y se vuelve profunda, pesada, rendida al fin. Está recostada en esa silla incómoda, el cuello torcido en un ángulo imposible, los brazos cruzados sobre el pecho como si aún estuviera abrazándose a sí misma para no desmoronarse. Durante horas fue ella quien sostuvo todo: a mi madre política, a mí, incluso el silencio. Ahora duerme, vencida por el cansancio y por algo más grande que el sueño: el dolor que no se va aunque cierres lo