24.

Raquel

Apoyo la espalda contra la puerta apenas el cerrojo encaja.

Y entonces me rompo.

Las piernas me fallan y resbalo hasta quedar sentada en el suelo, con la frente apoyada en la madera todavía tibia por su presencia. El sonido de sus pasos alejándose por el pasillo llega amortiguado, lejano, pero suficiente para confirmarlo: se fue. De verdad se fue.

Me cubro la boca con la mano para no gritar, pero el llanto igual me sacude el cuerpo entero. Es un llanto feo, descontrolado, de esos que no buscan consuelo porque ya saben que no va a llegar. Me duele el pecho, como si alguien me lo apretara desde adentro, como si respirar fuera un acto voluntario que tengo que recordarme hacer.

Va a volver con ella.

La frase se repite en mi cabeza como un martillo.

No porque la ame más.

No porque me haya dejado de amar a mí.

Sino porque es lo correcto.

Porque es lo que se espera.

Porque yo nunca fui el plan.

Aprieto los ojos con fuerza, pero no sirve. Las imágenes vuelven igual: Michael parado fren
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