23.
Michael
El nudo en mi garganta no se afloja ni siquiera cuando las ruedas de la camilla dejan de sonar contra el piso.
Sara cruza las puertas del área de psiquiatría con la mirada perdida, envuelta en una bata que no le pertenece, más frágil de lo que jamás la había visto. No grita. No se resiste. Eso es lo que más me duele. La obediencia vacía, como si ya no le quedaran fuerzas ni siquiera para luchar.
Me quedo de pie, inmóvil, observando cómo una enfermera ajusta la pulsera en su muñeca y otra anota su nombre en una carpeta. Siento que estoy presenciando algo irreversible, como si cada paso hacia ese pasillo la alejara no solo de mí, sino de la vida que creímos tener.
—¿Puedo…? —mi voz sale ronca— ¿Puedo quedarme?
El médico me mira con una mezcla de profesionalismo y cautela.
—Por ahora no —responde—. Necesitamos estabilizarla.
Asiento, aunque no me muevo. Mis manos tiemblan levemente. Las escondo en los bolsillos del pantalón, como si eso pudiera disimular la culpa que me recorre e