18.
SARA
A media mañana ya no puedo más.
La casa está en silencio, pero no es un silencio pacífico: es uno que presiona, que se mete bajo la piel. Camino de una habitación a otra sin saber bien qué busco, con el teléfono en la mano como si fuera una extensión de mi cuerpo. He intentado distraerme con lo de siempre —ordenar, limpiar, hacer una lista mental de pendientes—, pero nada funciona. Todo me devuelve al mismo punto: la duda.
Me siento en la mesa de la cocina y respiro hondo. Dije que no