18.
SARA
A media mañana ya no puedo más.
La casa está en silencio, pero no es un silencio pacífico: es uno que presiona, que se mete bajo la piel. Camino de una habitación a otra sin saber bien qué busco, con el teléfono en la mano como si fuera una extensión de mi cuerpo. He intentado distraerme con lo de siempre —ordenar, limpiar, hacer una lista mental de pendientes—, pero nada funciona. Todo me devuelve al mismo punto: la duda.
Me siento en la mesa de la cocina y respiro hondo. Dije que no iba a mirar el aparato todo el tiempo. Dije que no quería convertirme en esa mujer. Y, sin embargo, aquí estoy.
Desbloqueo el teléfono.
La aplicación tarda apenas un segundo en cargar, pero a mí me parece eterno. El punto aparece en el mapa con una claridad cruel. Mi primera reacción es automática: busco el nombre de la empresa, el edificio donde Michael debería haber ido apenas salió de casa.
No está ahí.
El punto marca otro lugar. Un edificio residencial.
Siento cómo algo se me enfría por