El teléfono de mi oficina sonó justo cuando estaba terminando de organizar los folios para la presentación oficial de la denuncia. No era una extensión interna, sino una llamada externa. Al contestar, el silencio del otro lado me puso los pelos de punta.
—¿Diga? ¿Quién habla? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
—Me costó mucho encontrar dónde trabajabas, Isabella —una voz masculina, profunda y cargada de una familiaridad inquietante, resonó en el auricular—. Y mucho más conseguir este