La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de mi antigua habitación con una crueldad innecesaria. El dolor en mis sienes era un recordatorio rítmico de la noche anterior: el champán, la luna, la fuente y, sobre todo, el calor de los brazos de Ricardo rodeándome. Me senté en el borde de la cama, hundiéndome en el colchón que guardaba el aroma de mi adolescencia, tratando de separar la realidad de la neblina del alcohol.
—¿Cómo te sientes? —La voz de Jimena me sacó de mis pensamient