El lunes por la mañana, el aire en la ciudad se sentía pesado, como si la humedad del amanecer intentara aferrarse a los edificios de cristal. Entré en el bufete de Santoro con el paso firme, vistiendo un traje gris carbón que gritaba autoridad. Mis tacones resonaban en el mármol del vestíbulo, marcando un ritmo de urgencia. Sin embargo, al llegar a la recepción, mi mirada buscó instintivamente la oficina de Sebastián.
Allí estaba él, revisando unos documentos con una taza de café en la mano. A