Fue un trayecto cargado de un silencio eléctrico. Mis dedos no dejaban de tamborilear sobre mis rodillas mientras observaba el paisaje desvanecerse en el crepúsculo. En mi mente, la imagen de Mariana —pálida, nerviosa y oculta en la casa de sus abuelos— se repetía como una película en bucle. Teníamos la pieza clave del rompecabezas, pero el tablero seguía siendo propiedad de los Morel, y cualquier movimiento en falso nos haría perder la partida antes de siquiera presentar las pruebas.
Sebastián