El silencio de la mansión Morel siempre me había parecido una señal de elegancia, pero esa noche se sentía como el preludio de un funeral. Caminé por el pasillo de mármol, con los tacones resonando como martillazos. Era nuestro cuarto aniversario, una fecha que yo había marcado en el calendario con la esperanza de que, por fin, Ricardo viera en mí algo más que un adorno en su casa. Al llegar a la puerta de la habitación principal, una duda punzante me detuvo. Pero la puerta estaba entreabierta, y una risa suave, femenina y cargada de veneno, escapó desde el interior.Empujé la madera noble y el mundo se detuvo.Sobre las sábanas de seda que yo misma había elegido, Ricardo dormía profundamente, con el torso desnudo y la respiración pesada de quien ha bebido de más. Pero no estaba solo. Camila, su supuesta mejor amiga, estaba acostada a su lado. Llevaba puesta una lencería roja que gritaba traición. Sus dedos largos y cuidados acariciaban el pecho de mi marido con una posesividad que m
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