El silencio en la mansión Morel era denso, de esos que preceden a las tempestades. Camila esperaba en el gran salón, sentada en un sillón de terciopelo con una copa de coñac que no había probado. El tic-tac del reloj de pared parecía marcar el ritmo de su ansiedad. Cuando escuchó el motor del coche de Ricardo detenerse en la entrada, se puso de pie de un salto, alisando su bata de seda con un gesto mecánico.
Ricardo entró con paso firme, pero sus ojos estaban hundidos y su traje de lino blanco