El murmullo del agua de la fuente de mármol parecía ser el único sonido en el universo. La luna, una esfera de plata impecable, iluminaba el rostro de Ricardo, tallando sus facciones con una dureza casi irreal. Sus ojos, oscuros y profundos, estaban fijos en los míos, cargados de una urgencia que me hacía tambalear más que el alcohol que corría por mis venas.
—Hay muchas cosas que no son como crees, Isabella —repitió él. Su voz era un susurro ronco que vibraba en el aire frío de la noche, una f