El silencio en la sala de interrogatorios era tan denso que podía escuchar el tictac del reloj en la pared y la respiración errática de Ricardo. Él seguía estático, con las manos esposadas sobre la mesa de metal, mirándome como si yo fuera una aparición de ultratumba. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en la cicatriz casi imperceptible que el maquillaje apenas cubría cerca de mi sien, y vi cómo tragaba saliva con dificultad.
—Isabella... —repitió, su voz era un hilo de incredulidad y