El sonido de la llave girando en la cerradura del apartamento de Sebastián me provocó un salto en el corazón. Antes de que él pudiera empujar la puerta y encontrarme allí, parada como una fugitiva en su propio vestíbulo, reaccioné por puro instinto de supervivencia. No podía enfrentarlo. No todavía. Sin decir una palabra, aproveché que la puerta se abría hacia adentro para deslizarme por el costado, salir al pasillo del edificio y bajar las escaleras de emergencia a toda velocidad, ignorando el