Horas antes de que la primera vela se encendiera en la hacienda de los Vargas, en la habitación matrimonial de la mansión Morel, el aire se sentía viciado. Ricardo se terminaba de ajustar el reloj de oro, observándose en el espejo con una expresión indescifrable. Camila, envuelta en una bata de seda color crema, lo observaba desde la cama, fingiendo una languidez que no sentía.
—He recibido la confirmación —dijo Ricardo, su voz resonando en la habitación—. Hemos sido invitados oficialmente a la