La brisa de la noche acariciaba mi rostro mientras observaba el resplandor de las velas blancas. Por un segundo, me permití creer que esta paz era real. La música de un cuarteto de cuerdas llenaba el aire de la hacienda, y el murmullo de las risas de los invitados creaba una atmósfera de opulencia y confort. Sin embargo, esa burbuja de cristal se hizo añicos en el preciso instante en que un silencio repentino se propagó desde la entrada principal como una onda de choque.
Giré la cabeza lentamen