El café estaba casi vacío a esa hora de la mañana. El aroma a grano recién tostado y pan horneado me dio una bienvenida reconfortante mientras buscaba a Sebastián con la mirada. Lo encontré en una mesa al fondo, rodeado de carpetas y su computadora portátil encendida. Al verme llegar, se puso de pie de inmediato, y esa sonrisa que iluminaba todo su rostro me hizo olvidar, por un segundo, el peso del mundo.
—Gracias por venir tan temprano, Isabella —dijo, retirando la silla para que me sentara—.