La oficina de Jessica estaba en penumbras, iluminada solo por la luz de la ciudad que se filtraba por el gran ventanal. Frente a ella, Camila Morel fumaba un cigarrillo con movimientos nerviosos, aunque sus ojos brillaban con una excitación maligna. Sobre el escritorio, un pequeño frasco de cristal con un líquido incoloro parecía una joya letal.
—¿Estás segura de que esto funcionará? —preguntó Jessica, mirando el frasco con una mezcla de fascinación y miedo—. Si Santoro se entera de que yo orga