La oficina de la Constructora Morel parecía un mausoleo de cristal. Ricardo estaba sentado frente a su escritorio, rodeado de informes de auditoría que no lograba hacer cuadrar. Su rostro, habitualmente esculpido en una máscara de frialdad y mando, mostraba los surcos del cansancio y de algo más profundo: una insatisfacción crónica que ni el éxito ni el dinero lograban llenar.
Había pasado un año y medio desde que me había ido, y aunque frente al mundo él era el epítome de la superación, en la