Horus estaba en la mansión de vigilancia, un recinto oculto entre montañas y bosques, donde el aire se sentía más denso por la magia oscura que lo envolvía. Se ajustó con calma cada parte de su atuendo, aquel uniforme que Hespéride había confeccionado para él: ligero, flexible, tejido con hilos de sombras y bendecido con su pacto de oscuridad. Por encima, tomó la máscara que le cubría la nariz, la boca y parte de las mejillas, pero dejaba visibles sus ojos plateados, esos que lo distinguían de