Horus aterrizó en la tierra con el peso solemne de un juicio inminente. Sus botas se hundieron en la hierba ennegrecida por el humo de los proyectiles, y con un movimiento sereno desplegó su armamento. En su zurda apareció el escudo de guardián, de bordes pulidos y de núcleo oscuro, resistente como una muralla viva. En la diestra, la lanza de hielo se manifestó, larga, afilada y brillante, respirando un vapor blanco que se extendía hacia el suelo como niebla. El humo de la frialdad brotaba con