Las hierbas altas se mecían con un murmullo áspero bajo el soplo cambiante del viento cuando los once niños avanzaron hasta internarse en la espesura. Delante de todos marchaban Asterope, Érika y Crisótemis, confiadas en su rumbo, impulsadas por esa mezcla de herencia, instinto y orgullo que las distinguía entre los demás. Detrás iban los cinco hijos de Hespéride y Horus, atentos a cada sombra entre los troncos, mientras que Atlas, Excelso e Hiantes cerraban el grupo, siempre un paso más apartados, con la mirada fija en los árboles retorcidos del bosque profundo. La ruta había sido decidida horas antes, sin adultos vigilando, pues la excursión era una tradición antigua reservada para los hijos reales: la captura libre de tributos para su madre, señales de aprecio y fuerza que, desde generaciones pasadas, marcaban el tránsito entre la niñez mimada y la iniciativa propia.
Asterope señaló un claro apenas perceptible en la distancia, donde el terreno parecía elevarse en pliegues de roca h