Los once regresaron al palacio cuando el sol había descendido lo suficiente para teñir las torres de un dorado rojizo que hacía parecer que el edificio entero estaba respirando, inhalando la luz del día para exhalar la oscuridad de la noche. Venían en silencio, cada grupo por su lado, cargando en la mente las imágenes del ciervo cristalino y del lobo lunar, sin haber tomado ninguno pero ya sintiendo el peso de la decisión. Los guardias les abrieron paso sin hacer preguntas, reconociendo la grav