Los once regresaron al palacio cuando el sol había descendido lo suficiente para teñir las torres de un dorado rojizo que hacía parecer que el edificio entero estaba respirando, inhalando la luz del día para exhalar la oscuridad de la noche. Venían en silencio, cada grupo por su lado, cargando en la mente las imágenes del ciervo cristalino y del lobo lunar, sin haber tomado ninguno pero ya sintiendo el peso de la decisión. Los guardias les abrieron paso sin hacer preguntas, reconociendo la gravedad que se había instalado en los niños desde la mañana. Ninguno sonreía. Ninguno hablaba. Y aunque no se miraban entre sí, sus pasos resonaban con un ritmo secreto que parecía unirlos por debajo de todas las diferencias que los separaban.
El ambiente dentro del castillo era tibio, perfumado con hierbas curativas que Hespéride quemaba para estabilizar su energía. Las doncellas se movían rápido entre pasillos, llevando mantas, agua fresca y mensajes entre los instructores. Horus aguardaba en la