Los druidas llegaron al palacio con capas que olían a pergamino y a humo de paja. Se acomodaron en la Sala del Tiempo con gestos medidos, con ojos que repasaban el pergamino de Horus como si buscaran una fisura que demostrara una fantasía infantil. Sus manos tocaron los trazos, sus dedos recorrieron símbolos, y sus respiraciones se volvieron un protocolo. Los druidas trajeron bastones con nudos en la madera; las brujas consultaron runas; los maestros de la Universidad del Río presentaron instru