Un temblor recorrió sus músculos abdominales. Su respiración, antes controlada, se quebró en jadeos ásperos. La mano que tenía en la nuca de Hespéride se crispó, los dedos enterrándose en su cabello púrpura sin intención de guiar, solo de aferrarse. Una ola de fuego líquido comenzó a ascender desde lo más profundo de su ser, imparable, inevitable. Una presión cósmica que exigía liberación.
—Hespéride… —gruñó, como una advertencia ronca, un reconocimiento de su derrota inminente.
Ella no se detu