La mañana siguiente a la comida comenzó con un aire denso que recorría los pasillos del palacio. Los consejeros percibían algo distinto desde hacía semanas, un movimiento silencioso entre los once niños, una separación que no encajaba con la visión que Horus y Hespéride habían establecido para el linaje. Aun así, nadie se atrevía a mencionarlo sin pruebas claras; bastaba una mirada de la reina para recordarles que los asuntos de la familia Khronos eran terrenos delicados, protegidos por la tradición y por fuerzas que escapaban al entendimiento común.
Sin embargo, los instructores de los patios de entrenamiento ya comentaban la diferencia de comportamiento. Había dos núcleos, dos ritmos, dos maneras de avanzar. Uno brillante, observador y lleno de disciplina tradicional. El otro silencioso, intenso, esforzado en secreto, moldeado bajo presión y con un propósito aún sin nombre.
Hespéride caminó por el corredor principal ese día. Su presencia imponía respeto absoluto. Su cabello púrpura