Los nuevos síntomas mágicos comenzaron a manifestarse en Hespéride de un modo más evidente conforme avanzaba su embarazo. Su vientre, aun sin ser muy grande, irradiaba un brillo tenue que aparecía al amanecer y se intensificaba durante el crepúsculo. Era como si la luz del día reaccionara ante la presencia de aquella nueva vida que llevaba dentro. Las brujas mayores aseguraban que eso no era común, ni siquiera entre los linajes más antiguos; hablaban en voz baja, intercambiando miradas de cautela y respeto, conscientes de que el hijo por venir no solo continuaría el linaje de los Khronos y de las Rhiainfellt, sino que uniría sus magias de un modo inédito.
Hespéride lo sentía a cada momento. Había días en los que una calidez suave se extendía por su abdomen, como si el bebé acariciara la parte interna de su piel. Otras veces notaba vibraciones ligeras, pulsos rítmicos que no podían confundirse con simple movimiento fetal. Incluso llegó a percibir, en una noche silenciosa dentro de los