Hespéride decidió someterse a una revisión médica cinco meses después de haber descubierto su embarazo. No lo hacía por debilidad, sino por responsabilidad. Su cuerpo había empezado a manifestar cambios tan intensos que necesitaba comprenderlos con exactitud. Entró en la sala destinada a las brujas sanadoras, donde los cristales púrpuras flotaban sobre las mesas como luciérnagas inmóviles. Se recostó con serenidad, dejando que la energía curativa recorriera su vientre. Las magias antiguas respondieron al instante. Una luz suave emergió desde la piel, multiplicándose en destellos que se movían como ondas. Los cristales vibraron con delicadeza. Las brujas intercambiaron miradas sorprendidas. Hespéride percibió el cambio antes de que dijeran una palabra. Lo supo en el instante en que la luz se dividió en cuatro núcleos.
—Su majestad… —dijo una de ellas con cautela—. No es un solo hijo.
Hespéride entrelazó las manos sobre el vientre, sintiendo cómo la energía se alzaba en un pulso fuerte