Hespéride se trató la herida en su vientre que le había hecho el emperador y en su cuello. A su mate la trataba con cariño y ternura, pero a ella, que era su emperatriz luna, la atacaba estando embarazada y la obligaba a hacer una intervención médica peligrosa. Se observó frente al espejo de cobre bruñido en el interior de su carpa real. La marca roja en la piel blanquecina de su abdomen seguía ardiendo, y el corte fino en su garganta no dejaba de escocerle. No mostró lágrimas ni lamento; estab