Hespéride se puso de pie con lentitud. No se limpió el polvo de su atuendo ni la sangre que había quedado en su vestido oscuro. El golpe en la cara aún ardía, pero mantuvo la compostura. Sus labios morados no temblaron, tampoco sus manos, aunque en su interior hervía la rabia. Se limitó a hacer una leve inclinación con la cabeza, mostrando sumisión en apariencia.
—Mi error, su majestad imperial —dijo con una voz calmada, afable, como si el golpe no hubiera ocurrido—. Me encargaré de la operación de la elfa dorada… Debo revisar su estado y preparar lo que necesito.
Atlas no apartó la vista de ella. La sombra de su figura titánica imponía en la penumbra de aquella cámara. Su tono fue altivo, como si estuviera dictando un decreto absoluto.
—No importa lo que sea… Dímelo y yo me encargaré.
—Entendido, gran señor.
Hespéride avanzó hacia las paredes de cristal. Colocó una de sus largas uñas moradas sobre la superficie. La oscuridad brotó de su cuerpo como un humo líquido que impregnaba el a