Hespéride se puso de pie con lentitud. No se limpió el polvo de su atuendo ni la sangre que había quedado en su vestido oscuro. El golpe en la cara aún ardía, pero mantuvo la compostura. Sus labios morados no temblaron, tampoco sus manos, aunque en su interior hervía la rabia. Se limitó a hacer una leve inclinación con la cabeza, mostrando sumisión en apariencia.
—Mi error, su majestad imperial —dijo con una voz calmada, afable, como si el golpe no hubiera ocurrido—. Me encargaré de la operació