Mundo ficciónIniciar sesiónSinopsis: Mi Reina, mi Luna "Cinco cachorros. Un linaje sagrado. Un Omega real oculto en las sombras. Selene fue rechazada por la manada equivocada, pero su verdadero destino es gobernar como la Luna de Lunas. La venganza nunca fue tan pura... ni tan plateada". "La nieve caía como ceniza fría sobre el bosque de la Luna Plateada, pero el frío no podía tocarla. Selene se mantenía firme, sintiendo el latido de cinco corazones protectores en su vientre. A su lado, la loba blanca de ojos zafiro no era una simple bestia; era el eco de la Madre Luna y la promesa de un Omega real que el mundo creía muerto. Dorian pensó que la dejaba en la nada, sin saber que la estaba entregando a los brazos de la divinidad".
Leer másLionetta levantó el celular una vez más, revisó la pantalla en silencio y lo dejó sobre la mesa con un suspiro resignado. Era evidente que Angelo no llegaría a tiempo para la cena.
Comenzó a comer antes de que la comida se enfriara, pero al poco tiempo empujó el plato a un lado, sin apetito. Se levantó sin prisa y se dirigió a su habitación. Estaba agotada. La sesión de fotos de esa mañana la había dejado sin energía, pero la emoción por aquella cena le había dado fuerzas durante el día. Fuerzas que se habían terminado por desvanecerse al darse cuenta que Angelo le había fallado otra vez.
Su esposo llevaba semanas demasiado ocupado. Al principio, Lionetta intentó ser comprensiva. Entendía que el trabajo podía absorberlo, dirigir una de las empresas de seguridad más famosas del país no era nada fácil. Pero conforme las situaciones se repetían —cenas canceladas, noches interminables en la oficina, fines de semana en los que apenas cruzaban palabras—, ya no se sentía tan comprensiva.
Lionetta le había pedido que cenaran juntos esa noche, una especie de cita romántica, y Angelo había prometido llegar a tiempo. Le creyó. O al menos quiso creerle. Y, sin embargo, una vez más, él había fallado a su palabra.
Lo que más odiaba de todo aquello era que, en el fondo, lo había estado esperando. Una parte de ella ya sabía que él no llegaría.
¿En qué momento había perdido la confianza en su esposo?
En su habitación, se dirigió directo al vestidor lista para cambiarse. Al ver su reflejo en el espejo, dejó escapar una risa seca, casi burlona. Se había arreglado con esmero, tardándose su tiempo para impresionar a Angelo, pero no había tenido ningún sentido.
Sintió una punzada en el pecho. Una grieta más en un corazón que ya venía herido.
¿Hasta cuándo iba a seguir así?
Intentaba ser comprensiva con Angelo, pero dolía cada vez que él la decepcionaba. Dolía ver cómo, con cada día que pasaba, él parecía menos interesado en ella.
La única parte de su relación donde aún parecía haber cercanía era en la cama. Pero ella necesitaba más. No quería sentirse como una esposa decorativa, esa a la que se buscaba solo cuando él necesitaba desahogarse.
Llevó la mano hasta el collar que adornaba su cuello y sonrió, apenas, mientras sentía cómo la vista se le nublaba. Había sido un regalo de Angelo en uno de los viajes que habían tenido juntos. Con delicadeza, desabrochó la joya y la guardó en su estuche. Luego se desvistió en silencio y se puso la ropa de dormir. Sus movimientos eran lentos como si apenas le quedaran fuerzas para moverse.
Regresó a la habitación y se sentó en el borde de la cama, mientras los recuerdos comenzaron a mezclarse unos con otros en su mente. Risas compartidas, promesas susurradas al oído, conversaciones hasta tarde.
No sabía con certeza en qué momento había comenzado la distancia entre ellos. Tal vez hacía medio año. Al principio pensó que solo era una etapa, una mala racha provocada por el estrés, por las exigencias de la rutina. Su trabajo como modelo también era demandante, y a veces viajaba demasiado.
Quizá no todo había sido culpa de Angelo. Lo reconocía. Ella también cometió errores. Pero aun así, había tratado de enmendarlo. Estaba haciendo un esfuerzo por mejorar las cosas.
Y Angelo simplemente parecía no notarlo. Ni siquiera estaba segura de si él se daba cuenta que su relación no era la misma de antes.
Se limpió las mejillas con la palma de la mano, justo cuando escuchó el motor de un auto acercarse. Minutos después, la puerta se abrió y Angelo entró.
Su corazón dio un brinco al verlo. A pesar de todo, no había dejado de amarlo ni un poco. Lo observó en silencio. Se veía tan atractivo como siempre. El traje le daba una apariencia seria y formal que siempre le había resultado magnética.
—Lamento llegar tarde —dijo él.
Lionetta no respondió de inmediato. Por un instante se sintió tentada a ponerse de pie, acercarse a él, ayudarle a quitarse el saco y la corbata, luego llevarlo a la cama y frotarle los hombros para aliviar la tensión que se acumulaba en ellos. Pero no lo hizo.
No era la primera vez que quería acercarse a él, pero se contenía a sí misma. Antes de salir con Angelo no había sido una persona abiertamente expresiva, pero había cambiado al comenzar su relación con él. Sin embargo, ya no se sentía con la misma libertad. Se preguntó cuándo había empezado a contenerse con él.
—Tenía una reunión que se prolongó demasiado —dijo Angelo, rompiendo el silencio. Sabía que había metido la pata cuando entró al comedor, guiado por los sonidos, y encontró a la cocinera recogiendo los restos de lo que prometía ser una velada romántica.
Había soltado una maldición al recordar que debía cenar con su esposa y había corrido al segundo piso en busca de ella.
—Supongo que ya no importa —respondió Lionetta.
—Por supuesto que importa. Debería haber estado aquí.
Lionetta sostuvo la mirada unos segundos antes de hablar:
—Así es, pero otra vez no estuviste. Tal vez deberíamos darnos un tiempo —dijo con una calma que incluso a ella le sorprendió. Por dentro, sin embargo, la historia era otra. La sola idea de separarse de él le oprimía el pecho y le impedía respirar con normalidad.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos. Angelo no respondió de inmediato. Incapaz de creer lo que acababa de oír.
—Lo nuestro ya no está funcionando —agregó ella.
—Mi pequeña leona… —dijo él, dando un paso hacia adelante.
Ella retrocedió de inmediato. Sabía que, si él la tocaba, su determinación se desmoronaría y terminaría rindiéndose. Y entonces todo seguiría igual.
Angelo le estaba haciendo daño, cuando alguna vez le prometió que jamás lo haría.
El apodo que solía sacarle una sonrisa, en ese momento solo le causaba más dolor, porque traía consigo el recuerdo de una etapa que sentía lejana.
—Tú también necesitas pensar en lo que realmente es importante —continuó ella, con la voz más firme.
—Tú eres importante.
Lionetta esbozó una sonrisa carente de humor.
—No lo parece. No puedes negar que nuestro matrimonio ha cambiado y si no te has dado cuenta es porque te importa aún menos de lo que creo. Esta noche era mi último intento para que pudiéramos hablar, para ver si todavía quedaba algo que salvar… pero me fallaste. —Lionetta suspiró, agotada—. Esta noche dormiré en la habitación de invitados. Mañana me iré a casa de mis padres.
No estaba segura de si quería hablarles a sus padres sobre los problemas que estaba atravesando su matrimonio.
Dio un paso hacia la puerta, luchando por no quebrarse allí. Pero Angelo no la dejó marcharse, él la tomó de la muñeca cuando pasaba junto a su lado.
—Quédate, por favor —pidió él. Incluso en lo que parecía una súplica, su voz seguía sonando controlada.
Siempre había amado esa faceta suya. Su calma inquebrantable, incluso en los peores momentos. Sentía que podía apoyarse en él y encontrar fortaleza cuando la suya flaqueaba.
Pero ahora lo detestaba por eso. Odiaba que no estuviera enloqueciendo como ella.
—Sabes que te amo.
Lionetta lo miró. Se maldijo por hacerlo, porque bastó una mirada para que su determinación temblara. Estuvo a punto de ceder.
—La verdad es que ya no lo sé —dijo, tragando el nudo en su garganta.
Se soltó de su agarre con un tirón firme y salió sin decir más.
Apenas se recostó en la cama de la habitación de invitados, sintió cómo las lágrimas comenzaban a brotar. Los sollozos no tardaron en sacudir su cuerpo.
Con elegancia se dirige al trono que le ofrece Selene, ella en milésimas de segundo, cambia su uniforme de guerrera, por un vestido blanco, tejido con hilos de estrellas, con bordes de oro, su luz plateada ilumina todo el espacio del jardín, las flores abren dando su aroma dulce y delicada.Selene ocupa su silla cerca de ella, la mirada de la Madre Luna, sus ojos brillan con el fulgor de consternación:—¡Mis pequeños siguen haciendo sus travesuras, los quintillizos desde antes de nacer ya cuidan de su mamá!Selene le da una sonrisa genuina: —¡Sí, así es Madre, ellos son tiernos, adorables y con un carácter fuerte, no se van a dejar doblegar de nadie, ya muestran cada uno su genio indomable!Dorian y Morgana traen entre sus manos un cojín decorado con rosas blancas y rosadas, donde reposan una corona hecha con flores de Jasmin y sándalo, al lado un Cetro hecho con diamantes en Bruto, la pareja avanza seguida de los clanes y manadas, su paso era solemne y sus ojos brillan con un amor
Una risa cristalina se deja escuchar suave como la seda:—¡Mis traviesos lobos, le dan que hacer a su parte humana, o tal vez es la practica para hacer chuza, que nuevas travesuras los motiva, quizás los están entrenando para que sigan sus pasos. Jajaja jajaja si esto está muy divertido!La figura de la Madre Luna, envuelta en un fulgor plateado que parecía arrancar el cansancio de los huesos de los jóvenes lobos, observa el campo donde ellos entrenan con una serenidad infinita. Su presencia hace que incluso el aire se vuelva más ligero, cargado de una energía pura que los inmortales presentes logran reconocer de inmediato.Dorian, que recupera el aliento tras la caída provocada por los pequeños, se puso de pie con respeto.—Madre— murmura, inclinando la cabeza. —La agilidad de estos pequeños no es natural. Es como si supieran exactamente dónde vamos a estar antes de que movamos un músculo.La Madre Luna posa su mirada en Silas y Selene, que se acercan rápidamente. Sus ojos, profundo
La sangre de Elena, aún caliente y cargada de la inocencia de su vida humana, comenzó a mezclarse con el veneno gélido de Euclides. Mientras él la sostenía, observando cómo la vida se apaga de sus ojos para dar paso a un brillo carmesí, el resto del clan se mantiene en las sombras del callejón, expectantes.—Ya no es ella— murmura la mano derecha de Euclides, observando cómo el cuerpo de Elena se estremecía bajo los efectos de la transformación. —Ahora es nuestra.Euclides soltó el cuerpo inerte de la joven, dejando que cayera suavemente sobre el asfalto mojado. Limpió un hilo de sangre de sus labios con una elegancia cruel y mira hacia el horizonte, donde el amanecer aún estaba a horas de distancia.—Lo es— respondió el Virrey, con un orgullo que rozaba la locura. —Y cuando despierte, no recordará la angustia de su madre ni la necesidad de sus monedas. Recordará solo el hambre y el poder que ahora corre por sus venas. La era de la debilidad ha terminado para ella.El callejón se qu
Fuera, la luna ocultó su rostro tras una nube, como si no quisiera ser testigo del primer pecado de la nueva era de Euclides—Virrey, la mía ya empezó con el proceso de transformación, nuestro clan empezó a crecer, es una gran idea buscar nuevos integrantes.—¡Sigamos este nuevo método, aparte tengo otro punto para conseguir un gran ejército de vampiros, esta vez no nos venceran tan fácil, que se preparen los rubios platinados, les haremos morder el polvo a nuestro paso!Los veinte vampiros se alegran y celebran vitoreando por su primer logro:—¡Virrey! Así se habla, la victoria es nuestra, adelante siempre, para atrás nunca, ¡al ataque mis valientes!En el callejón ellos dan gritos de victoria, las veintiuna mujeres se ponen de pie, sus ojos en un color carmesí profundo, eran nuevas y los vampiros, se las llevaron del lugar, cuando empezaron a salir los primeros rayos del sol.Ellos se van a refugiar en una cueva, en el fondo no llega los rayos del sol, cada uno con su nueva pareja,
Último capítulo