Hespéride sufría por su debilitamiento, no solo físico, sino también en las honduras invisibles de su ser. Su vientre, abultado y pesado, reclamaba un esfuerzo constante para sostenerse en pie. Cada movimiento de sus pasos era un sacrificio y cada respiración le recordaba que su estado no era fruto del deseo natural, sino de la conjunción oscura de magia y artificio espiritual. A diferencia de otras hembras bendecidas por la maternidad, ella sentía cómo su espíritu se desgarraba con lentitud.
El embarazo artificial espiritual que había diseñado la consumía de adentro hacia afuera; sus nervios ardían, sus huesos pesaban como hierro y en sus venas corría un pulso que no era del todo suyo. Eran los riesgos de la ciencia y de la experimentación. El conocimiento era dolor.
Sus largas uñas moradas habían perdido parte del brillo, y su piel, marcada por aquellas líneas fucsias que tanto despreciaba Atlas, se mostraba ahora más apagada, como si los colores mismos de su cuerpo hubiesen empezad