Hespéride sufría por su debilitamiento, no solo físico, sino también en las honduras invisibles de su ser. Su vientre, abultado y pesado, reclamaba un esfuerzo constante para sostenerse en pie. Cada movimiento de sus pasos era un sacrificio y cada respiración le recordaba que su estado no era fruto del deseo natural, sino de la conjunción oscura de magia y artificio espiritual. A diferencia de otras hembras bendecidas por la maternidad, ella sentía cómo su espíritu se desgarraba con lentitud.
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