CAPÍTULO VEINTICINCO

Erik quedó pálido pidiéndome disculpas al tomar la llamada, para mi sorpresa no se levantó yéndose de la mesa, sino que colocó el alta voz con angustia.

—Hola— pronunció con suavidad y autoridad.

—Señor Erik, soy la maestra de Luna, la niña está con fiebre.

Pude ver como su expresión aliviada y alegre cambió a la de un hombre preocupado y angustiado.

—Ya voy para allá —dijo poniéndose de pie, mientras la llamada finalizaba.

—¿Erik en que viniste? — pregunté con rapidez.

—Caminando, no tengo más
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