CAPÍTULO TREINTA Y TRES

Había estacionado recién. Cuando noté la camioneta de mudanzas estacionar detrás de mí, bajé del auto, trancando la puerta y recibiendo a Luna, que no perdió el tiempo en correr hacia mí y darme un abrazo.

—¡Mami Clara, las casas son muy grandes aquí! — me dijo con emoción mirando a su alrededor.

—Si lo son mi niña, pero es porque también tienen un jardín y una piscina.

Sus ojos se abrieron más grandes con mis palabras, pero no dijo nada, solo tomó mi mano y esperamos a Erik que venía a paso le
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