CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

Para terminar el día, propuse que fuéramos a un salón para que le arreglaran un poco el cabello.

—No voy a cortármelo demasiado, ¿verdad? —preguntó mientras los estilistas se preparaban.

—Solo un poco, para que se vea más ordenado. Confía en mí, Erik. Te verás genial.

Cuando finalmente salió del salón, me quedé sin palabras. El cambio no era drástico, pero sí suficiente para darle un aire más profesional. Luna lo miró con ojos grandes y exclamó:

—¡Papi parece un príncipe ahora!

—¿Un príncipe? ¿
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