CAPÍTULO TREINTA Y UNO

Mientras seguíamos allí, frente al ventanal, ambos parecíamos atrapados en un momento suspendido entre la incomodidad y la risa nerviosa. Erik se llevó la copa a los labios, tomando otro sorbo mientras me miraba de reojo. La tensión de la habitación seguía presente, pero al menos ahora estaba teñida de un ligero tono de humor.

—Bueno, ¿cómo sugieres que “plantemos evidencia”? —preguntó Erik, con un tono ligero, pero con una ceja levantada, dejando claro que seguía sintiéndose incómodo.

—Tal vez
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