Mundo ficciónIniciar sesiónWilliam guarda un profundo rencor hacia su primo, Henrik. Finalmente descrube la oportunidad de vengarse cuando conoce a Atina, la mejor amiga de Henrik y de quien éste ha estado secretamente enamorado por años.
Leer másPOV: Elara
Ochenta y cinco centímetros.
Esa es la distancia exacta entre mi cordura y el desastre. Y hoy, Kai Torrance la está destruyendo.
—Más cerca —dice, y no es una petición.
Su silla se desliza. Ochenta y cuatro centímetros. Ochenta y tres.
—Los puedes ver perfectamente desde ahí. —Mi voz suena más aguda de lo que pretendía.
—Puedo. —Ochenta y dos centímetros—. Pero quiero verte a ti cuando te das cuenta de que cometiste un error.
Se detiene. Ochenta centímetros exactos.
Puedo sentir el calor de su cuerpo alterando el aire entre nosotros. Mi piel eriza. Cada vello en mis brazos se levanta como antenas detectando peligro.
—No cometí ningún error.
—El ángulo de disuasión en el nivel cuarenta está tres grados fuera de especificación. —Se reclina en su silla, pero sus ojos no me sueltan—. Lo corregiste anoche a las 2:17 AM. ¿Cómo lo supe?
M****a.
—Porque revisas obsesivamente todo.
—No. —Sonrisa pequeña, peligrosa—. Porque tengo notificaciones cada vez que accedes al sistema. Y porque me pregunto constantemente qué tipo de mujer trabaja a las dos de la mañana en lugar de dormir.
Mi corazón martilla contra mis costillas. Él puede ver mi pulso en mi cuello. Lo sé porque sus ojos se desvían ahí, fijándose en ese punto traidor.
—Una profesional.
—Una mentirosa. —Se inclina hacia adelante. Setenta y ocho centímetros—. ¿Sabes cómo sé que mientes, Elara?
No puedo hablar. Si abro mi boca, va a salir un jadeo.
—Tu respiración cambia. Se vuelve superficial. Justo aquí. —Levanta su mano, apuntando al espacio entre nosotros, exactamente donde mi pecho sube y baja demasiado rápido—. Y tus pupilas se dilatan. Solo un milímetro. Pero lo noto.
—Eres un psicópata.
—Soy observador. Hay una diferencia. —Baja la mano, pero la deja sobre la mesa. A cinco centímetros de donde descansa la mía—. Algún día vas a dejar de esconderte de mí.
—No me estoy escondiendo.
—Sí lo haces. —Sus dedos se mueven. Cuatro centímetros. Tres—. Y lo fascinante es que mientras más te escondes, más desesperado me vuelvo por encontrarte. Es como un acertijo que mi cerebro no puede dejar de intentar resolver.
Dos centímetros.
Retiro mi mano de la mesa. Me pongo de pie.
—La reunión terminó.
—¿Asustada?
—Ocupada.
—Mentirosa. —Pero se levanta, respetando mi espacio otra vez. Ochenta y cinco centímetros exactos—. Nos vemos el lunes, Elara.
Cuando llega a la puerta, se gira.
—Por cierto. La próxima vez que trabajes a las dos de la mañana, deja las luces apagadas. El brillo de tu pantalla se ve desde la calle. No es seguro.
—¿Cómo sabes...?
—Porque pasé por tu edificio. —Dice esto como si fuera completamente normal—. Tres veces esta semana. Solo para asegurarme de que estuvieras bien.
Sale antes de que pueda responder.
Me desplomo en mi silla. Mis manos tiemblan tan fuerte que tengo que apretar los puños.
Kai Torrance está vigilándome. Estudiándome. Cazándome.
Y lo peor es que una parte de mí, una parte oscura y hambrienta que he enterrado durante tres años, quiere ser atrapada.
Espero. Cuento. Treinta segundos hasta que el ascensor baja.
Entonces me acerco a la mesa. Extiendo mi mano, deteniéndola a un centímetro del calor residual donde estuvo su taza.
Mi piel eriza. Hormigueo eléctrico trepa por mi brazo, directo a mi columna vertebral.
Toque número uno: calor residual. Intensidad: 3/10. Peligro: creciente.
Tres horas después. Consultorio del Dr. Leo Croft.
—Quítate la blusa.
Trago saliva. —¿Perdón?
Leo ni siquiera levanta la vista de su tablet. —Dijiste que te dolía la espalda. Necesito examinar la zona. Blusa fuera.
Profesional. Clínico. Pero el sonido de sus guantes de látex hace que algo en mi abdomen se contraiga.
—Puedes examinarme con la blusa puesta.
Ahora sí me mira. Esos ojos grises que ven demasiado.
—¿Tienes algo que ocultar?
Solo siete líneas en mi espalda que brillan cuando un Alfa compatible me toca.
—Marcas de nacimiento. Feas. Me avergüenzan.
—Soy médico, Elara. He visto de todo. —Se acerca. Un metro. Exactamente un metro—. Y tú no eres alguien que se avergüence fácilmente.
Tiene razón. Maldito sea.
Me quito la blusa, pero dejo el sostén puesto. Me acuesto boca abajo en la camilla. El papel cruje obscenamente.
Cierro los ojos. Espero.
Sus dedos encuentran el nudo en mi trapecio.
—Aquí —murmura—. Dios, Elara, es como concreto.
Presiona. Profundo. Sus pulgares cavando en músculo que lleva tres años sin relajarse.
Y algo en mí se rompe.
No es dolor. Es liberación. Como si cada lágrima que no lloré, cada grito que tragué, cada momento de terror se hubiera almacenado en ese punto exacto.
Un sonido sale de mi garganta. Mitad gemido, mitad sollozo.
Las manos de Leo se detienen.
—¿Te lastimé?
—No. —La palabra sale estrangulada—. No pares.
—Elara...
—Por favor.
Sus manos reanudan, pero diferentes ahora. Más lentas. Más deliberadas. Como si cada movimiento fuera una pregunta y mi cuerpo respondiera sí, ahí, más.
Círculos hipnóticos. Presión firme. Calor atravesando la tela.
Cierro los ojos. Un error.
Porque sin visión, cada sensación se amplifica. Sus dedos en mi espalda. Su respiración, ligeramente acelerada. El olor de su jabón antiséptico mezclándose con algo más cálido, más humano.
Su pulgar roza el borde de mi sostén.
Ambos nos congelamos.
—Perdón —dice, pero no suena arrepentido. Suena tenso—. Necesito ir más abajo para acceder al músculo completo. ¿Puedo?
Debería decir que no. Debería detener esto.
—Sí.
Sus dedos se deslizan bajo la tira del sostén. Solo centímetros. Solo lo necesario.
Pero su piel está caliente. Y la mía está hipersensible.
Presiona justo debajo de mi omóplato.
Y yo gimo.
No un suspiro. No un jadeo. Un gemido completo, obsceno, que llena el consultorio estéril.
Las manos de Leo se convierten en puños contra mi espalda.
—Para —susurra.
—¿Qué?
—Necesito que pares de hacer ese sonido.
—No estoy...
—Sí estás. —Su voz es cruda—. Y si sigues, voy a olvidar que soy tu médico.
El silencio se espesa. Puedo sentir su control resquebrajándose. Veo sus manos temblar cuando las retira de mi espalda.
Me giro para mirarlo.
Sus ojos están oscuros. Sus pupilas dilatadas. Su respiración tan irregular como la mía.
—Esto no es profesional —dice.
—Lo sé.
—Deberías irte.
—Lo sé.
Pero ninguno de los dos se mueve.
—Elara. —Mi nombre en su boca suena como una súplica—. ¿Qué me estás haciendo?
—No lo sé. —La verdad más honesta que he dicho en años—. ¿Qué me estás haciendo tú?
Se pasa una mano por el cabello. Paso atrás. Dos. Creando distancia a la fuerza.
—Regresa la próxima semana. Y por favor... por favor usa una camisa más gruesa.
Salgo. Pero en el pasillo, tengo que apoyarme contra la pared.
Porque por primera vez en tres años, no quise que el contacto terminara.
Quise más.
Toque número dos: masaje terapéutico, 4 minutos. Intensidad: 7/10. Peligro: crítico.
Esa noche. Restaurante "Eminencia".
Rhys Kane corta su filete con la precisión de un cirujano. O un asesino.
—Necesito que los archivos de votación sean accesibles, pero no obvios —dice, deslizando el documento hacia mí.
Lo coloca exactamente donde mi mano va a caer. Todo con Rhys es coreografía.
—¿Quieres que la gente piense que tiene acceso cuando en realidad no tiene nada?
—Quiero que la gente vea lo que quiero que vean. —Sonríe. Es más amenazante que tranquilizador—. ¿No es así como funciona todo?
—Supongo.
—No supongas. Sabes. —Toma un sorbo de vino—. Eres mejor mentirosa de lo que finges ser.
Mi tenedor se detiene a medio camino de mi boca. —¿Disculpa?
—Finges ser Beta. Finges ser solo una diseñadora de seguridad. Finges que esto —gesticula entre nosotros— es solo profesional.
El aire se espesa.
—Es profesional.
—Por supuesto. —Su rodilla encuentra la mía bajo la mesa. Presión firme, deliberada—. ¿Te molesta?
Me congelo. Mi cerebro grita muévete, pero mi cuerpo se queda paralizado.
—No.
—Mentirosa. —Retira la rodilla—. Pero aprecio la cortesía. La mayoría huye de mí como si fuera radiactivo. Tú... te quedas quieta. Como una presa que decide cooperar con el depredador.
—No soy una presa.
—No. —Se inclina hacia adelante, sus ojos recorriéndome como evidencia en un juicio—. Eres algo mucho más interesante. Un acertijo.
Mi corazón martilla. —No hay nada que resolver aquí, Rhys.
—Hay todo que resolver. —Baja la voz—. ¿Por qué una mujer con tu talento trabaja desde un loft barato? ¿Por qué pagas todo en efectivo? ¿Por qué no existes en ningún sistema antes de 2023?
M****a.
—Eres paranoico.
—Soy abogado. Es lo mismo. —Sonríe—. No te preocupes. Tus secretos están a salvo conmigo. Por ahora. Me gustan más los acertijos sin resolver.
—¿Y cuando lo resuelvas?
—Entonces tendré que decidir qué hacer contigo. —Toma otro sorbo de vino—. Espero que valga la pena la espera.
La amenaza cuelga en el aire, envuelta en seda.
Pago la cuenta. Salgo.
Toque número tres: contacto rodilla, 8 segundos. Intensidad: 5/10. Peligro de descubrimiento: 10/10.
Ingresó a la sala, y halló una visión que no podía enamorarlo más: la mujer a la que amaba dormía plácidamente en el sofá con los brazos extendidos a ambos lados, y sobre éstos descansaban los dos regalos más grandes que había recibido alguna vez: Ariana y Walter, los mellizos que habían recibido cinco años antes.Al parecer habían estado viendo una película cuando todos se quedaron dormidos.Se acomodó en los brazos de su esposa, pero sin conseguir dormir en absoluto. En lugar de ello, la contempló. A sus ojos, Atina era la más perfecta de todas las mujeres del mundo, y cada día que pasaba solo podía amarla y admirarla más.En
AtinaMi vida había cambiado de diversas maneras en los últimos días. La boda de Verónica y Henrik se llevó a cabo en la playa, y fue tan mágica como la imaginé. Mi amigo y su esposa habían sellado su amor, rebozando de felicidad, ante todos nosotros como testigos de esa unión. La novia llevaba un sencillo vestido que emulaba la forma de una sirena y resaltaba su natural belleza, y Henrik también iba de blanco. Las damas de honor vestíamos de un turquesa suave y los padrinos del novio llevaban atuendos en el mismo tono.William tomó mi mano al momento de caminar hasta el altar, donde acompañaríamos a los novios, y susurró lo suficientemente bajo para que solamente yo lo escuchara “la próxima vez seremos nosotros”.Aunque estaba feliz con todo lo que estaba aconteciendo en mi vida, no querí
AtinaTodavía no acababa el café cuando Verónica pidió un postre para ambas. No tenía una pisca de apetito ese día, pero me reservé esa información.“Quiero que pruebes este pie. Es lo mejor que le ha pasado a este lugar. Henrik y yo venimos aquí como tres veces por semana. Todo por culpa de este pie” bajó la cuchara y tomó una gran bocanada de aire “sí, sé que debes estar pensando “¿cómo puede comerse todo eso unos días antes de la boda? Pero no sabes lo mucho que extrañaba este estúpidamente delicioso postre” y con eso se llevó una gran rebanada a la boca.No, eso no era en absoluto lo que estaba pensando.“Si te gusta, cómelo sin culpas”Ella parecía demasiado concentrada en los sabores de ese pie como para responder. Lo probé y terminé dándole la razón; esa cosa era exquisita.“Henrik estará aquí en cinco minutos” anunció, luego de leer unos mensajes en su teléfono. Seguimos comiendo en silencio, hasta que preguntó.“Ati
Atina Verónica Analía y Henrik MauriceHan decidido unir sus vidas ante Dios y el mundo.Sostuve la invitación apreciando cada detalle, posando los ojos sobre esos nombres una y otra vez. Una lágrima cayó, silenciosa. Henrik se iba a casar, y aunque no me sorprendía en absoluto que Verónica se convirtiera en su esposa-habían estado salido por los últimos cuatro o cinco años- era un recordatorio de cuánto tiempo había transcurrido desde nuestros años en el instituto.La boda se celebraría en nuestra ciudad, en dos semanas. Sería una ceremonia en la playa, durante el atardecer. Ya podía imaginar a Verónica, con esa gracia única que la hacía destacarse donde fuese, con un vestido bellísimo, y
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