El rugido de mi propia sangre me mantenía en pie, con el corazón latiendo como un tambor de guerra. Habían seguido a mis hijos, habían osado rozar la línea que nunca debieron cruzar. Eso era una declaración directa. Y yo respondía a las declaraciones con fuego.
El informante llegó temblando a mi oficina, oliendo a sudor y miedo.
—Señor Montenegro… sé dónde están. —su voz se quebró—. Los albaneses tienen una guarida en la zona industrial, en una bodega abandonada cerca del río. La usan como base