Capítulo 79

El rugido de mi propia sangre me mantenía en pie, con el corazón latiendo como un tambor de guerra. Habían seguido a mis hijos, habían osado rozar la línea que nunca debieron cruzar. Eso era una declaración directa. Y yo respondía a las declaraciones con fuego.

El informante llegó temblando a mi oficina, oliendo a sudor y miedo.

—Señor Montenegro… sé dónde están. —su voz se quebró—. Los albaneses tienen una guarida en la zona industrial, en una bodega abandonada cerca del río. La usan como base
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