Desconocida
La ciudad brillaba como una joya podrida bajo la luz de la luna. Desde la ventana del ático que había tomado como guarida, podía ver las avenidas iluminadas, el murmullo de los coches, la risa de los que creían que eran libres. No tenían idea de lo que realmente movía esos cimientos.
El poder no se mostraba en las calles. El poder era silencio, era sombra. Y yo había aprendido a vivir en ambas cosas.
Apoyé la palma contra el cristal frío, como si pudiera arrancarle el pulso a la