La risa de Sofía llenaba el coche como una melodía desconocida para mí, una que jamás había pensado escuchar, mucho menos disfrutar. Lucas pateaba el asiento con impaciencia, preguntando a cada minuto cuánto faltaba para llegar al parque. Yo respondía con paciencia —paciencia que jamás había tenido con nadie—, y era entonces cuando me golpeaba la verdad: esos niños, con sus ojos brillantes y sus sonrisas desdentadas, eran míos. Carne de mi carne, sangre de mi sangre.
Pero mientras sus voces du