Había noches en las que el silencio pesaba más que una pistola en la mano.
Esa era una de ellas.
Me encontraba en mi despacho, sentado en el borde del escritorio, con un vaso de whisky que ni siquiera había probado. Lo sostenía más como excusa, como una máscara que me mantenía quieto. La llama de la lámpara arrojaba un resplandor dorado sobre la agenda abierta frente a mí.
La misma agenda que Danae había tocado. Lo supe porque el orden, por mínimo que fuese, estaba alterado. Un hombre como yo r