Al día siguiente regresé a la oficina de Montenegro Enterprises al filo de la mañana. El ascensor se abrió con un suave zumbido y me devolvió a los pasillos familiares de la empresa, esa mezcla de sobriedad y luz tenue que siempre me resultaba acogedora y a la vez inquietante. El traje oscuro que llevaba me hacía sentir profesional, pero a mis espaldas aún latía el eco de la tensión de los últimos días. La ciudad allá afuera despuntaba entre las ventanas, inalcanzable y ajena. Respiré hondo par