Adrian
El motor del sedán vibraba bajo mis manos mientras el portón de la casa de Kael Montenegro se cerraba lentamente a mis espaldas.
No había conseguido lo que vine a buscar.
No… todavía.
Me serví un trago de whisky del minibar del coche, dejé que el líquido quemara mi garganta y sonreí para mí mismo.
Kael creía que había ganado.
Siempre creía que ganaba.
Desde que tengo memoria, Montenegro ha estado un paso adelante. En los negocios. En las alianzas. En el respeto de los viejos de la mesa.