Kael
La mañana olía a amenaza.
Lo supe en el momento en que vi el reflejo del sol en el capó negro frente a mi verja. Ese coche no estaba ahí por accidente. No en mi calle. No con mis hombres apostados en cada esquina.
Mateo estaba a mi lado, de pie junto al monitor, observando con esa calma entrenada que solo se rompe cuando algo de verdad importa.
—No han intentado moverse —informó—, pero tampoco se van.
Me incliné hacia la pantalla. El coche era un sedán lujoso, demasiado nuevo para