Los días que siguieron a aquella noche se volvieron insoportables para Giulio. Rebeca lo evitaba con excusas frágiles, banales, casi ridículas: una reunión de última hora, una visita familiar, una migraña inoportuna. Ninguna lo convencía, y aunque intentaba mantener la calma, la frustración lo devoraba por dentro.
Ella le respondía con frases cortas, mensajes fríos que contrastaban con el fuego que habían compartido. Cada silencio de Rebeca era como una bofetada. Giulio estaba acostumbrado a qu