La villa estaba en silencio cuando Giulio cruzó de nuevo los pasillos alfombrados. El eco de sus pasos resonaba con la seguridad de quien no pedía permiso para moverse en ningún territorio. Había dado sus órdenes, había hablado con sus hombres y todo estaba dispuesto: el avión lo esperaba esa noche. Pronto dejaría atrás la isla, la mansión y, con ellas, el peligro latente que su hermano había sembrado.
Sin embargo, mientras avanzaba por el corredor central, la figura de Rebeca apareció frente a