La luz de la mañana se filtraba tímidamente por las cortinas pesadas de la habitación. El aire aún estaba impregnado del aroma a deseo y sudor, mezcla de pasión desbordada que había marcado cada minuto de la noche anterior. Rebeca, entreabriendo los ojos, sintió de golpe el peso de lo ocurrido. Su respiración se agitó al recordar la forma en que se había rendido a Giulio, borrando de un plumazo todo odio, toda sospecha. Había cruzado una línea que juró no cruzar jamás.
Con la cabeza más fría, e