La tensión entre ellos había estado creciendo como un fuego contenido. Cada mirada, cada roce, cada palabra cargada de dobles intenciones había puesto a prueba la resistencia de ambos, hasta que esa noche ninguno fue capaz de sostener más el juego.
El silencio de la sala se quebró cuando Rebeca, atrapada entre la voz grave de Giulio y la calidez de sus caricias, lo miró fijamente a los ojos. Había algo en ese hombre que la desarmaba, un magnetismo que ni su odio ni sus dudas podían apagar. Sin