Isabella vertió las pastillas abortivas en el jugo de Valentina con manos que apenas lograban contener su temblor. Sin perder un segundo, emprendió la huida hacia la salida, pero al doblar el pasillo se encontró con tres sirvientes que custodiaban la puerta principal. Conteniendo la respiración, forzó una sonrisa y adopto una actitud apresurada:
—¡Chicos! —exclamó jadeante, fingiendo desesperación—. Acaban de llamarme de la clínica veterinaria... Mi perrita, la que estaba hospitalizada, ha e