Aunque Mateo sangraba cada vez con más intensidad, la adrenalina del momento le impedía sentir dolor o percatarse de su herida. De pronto, Valentina lo miró y advirtió que estaba muy pálido, con el rostro demacrado y agotado. Valentina tomó su mano y, al notarla fría, se alarmó y le dijo:
—Mateo, ¿te encuentras bien? —preguntó con voz preocupada.
Mateo la miró, pero su mirada se perdió un instante; entonces, palideció aún más y sintió un fuerte mareo. De inmediato, se apoyó en Valentina par