Aunque Mateo sangraba cada vez con más intensidad, la adrenalina del momento le impedía sentir dolor o percatarse de su herida. De pronto, Valentina lo miró y advirtió que estaba muy pálido, con el rostro demacrado y agotado. Valentina tomó su mano y, al notarla fría, se alarmó y le dijo:
—Mateo, ¿te encuentras bien? —preguntó con voz preocupada.
Mateo la miró, pero su mirada se perdió un instante; entonces, palideció aún más y sintió un fuerte mareo. De inmediato, se apoyó en Valentina para no caer y murmuró:
—¿Qué está pasando? Me siento mareado —dijo entrecerrando los ojos.
Valentina notó de inmediato la sangre que corría por su pierna. Levantó rápidamente su franela y, al descubrir la herida abierta y sangrante, quedó horrorizada. Llena de angustia, exclamó:
—¡Mateo, estás perdiendo mucha sangre! Tenemos que ir al hospital ahora mismo —dijo intentando contener la hemorragia con sus manos.
Mateo seguía mareado, pero se negaba a rendirse y respondió:
—Tenemos que seguir.